Es jueves por la tarde y es evidente que los dioses del marisco nos sonríen. Vamos en el avión y el comandante nos informa que volamos a 900 km/h y que vamos a llegar con media hora de adelanto.

Pulpo, allá vamos. Para ir al centro de la ciudad tomamos el autobús, que en unos 40 minutos y por 3€ el trayecto (5,10 € si compras ida y vuelta) te deja en Plaza de Galicia. Sobre las 7 menos cuarto de la tarde llegamos al hotel y tras registrarnos nos informan de las calles de tapeo. Nos ponemos elegantes para la ocasión (cariño, ¿dónde está mi babero de comer langostas?) y salimos a probar las delicias compostelanas.

La primera parada es La Tita para tomarnos una caña de Estrella de Galicia con su famosa tortilla sin cuajar, que sirven como tapa para hacerte más deliciosa aún la maravillosa experiencia de bajar cerveza fresquita por tu garganta. Después de un paseo por las calles del centro y una desilusionante visita a la Plaza del Obradoiro por estar las torres de la catedral en restauración y los andamios tapando la portada, acabamos en un sitio fantástico para cenar, el Bar 0’ 46, un local familiar lleno de parroquianos donde dos mujeres con sus respectivos babis de cocina preparan producto gallego de calidad con muy buena mano. Pulpo (a la gallega, of course), berberechos, empanada y chorizos al vino, todo regado con Ribeiro de la casa. Nos vamos al hotel satisfechos y con el estómago bien calentito.

Nuestro primer día completo en Galicia nos recibe con una niebla persistente que no se levanta hasta pasado el medio día. Como hace algo de frío (no sabía que Santiago quedaba tan cerca del Círculo Polar Ártico), nos metemos para el cuerpo unos churros con chocolate, muy rico éste, muy poca gracia los primeros. Ponemos rumbo de nuevo hacia la catedral, donde empezamos una visita turística con una guía que nos explica la leyenda del santo y la construcción de la catedral, nos lleva por todas sus fachadas y después nos conduce por las calles del centro durante una hora y media, explicándonos cosas de la ciudad y sus edificios hasta terminar en el mercado de abastos, donde puedes tomar algo en los bares que hay dentro o incluso que te cocinen la carne o el pescado y marisco que hayas comprado por 5€.

Nos dirigimos entonces al edificio de la facultad de Xeografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela, para visitar su biblioteca de madera con lámparas de araña. Después hacia el Palacio de Fonseca, otro edificio que ocupa la universidad y que tiene un pequeño pero bonito claustro. El hambre apremia, así que nos metemos una sobredosis de empanadillas (de atún, de berberechos, de xoubas...) para seguir paseando por el casco urbano. A la hora de comer tomamos unas navajas y una tabla de quesos artesanos, pero por desgracia, nada realmente reseñable de esa comida a diferencia de todo lo que llevábamos ya digerido.

Por la tarde visitamos la catedral, también en obras por dentro, al igual que por fuera, el Pórtico de la Gloria. Va a haber misa y los bancos están llenos, además de toda la gente que está como nosotros simplemente visitando el templo y otros muchos que hacen cola para abrazar a la imagen de Santiago.

Es la hora de refrescarse un poco después de haber estado todo el día pateando la ciudad, por lo que buscamos dónde tomarnos una cerveza artesana. Lo encontramos en una tienda especializada, que tiene un pequeño frigorífico y una mesa grande para sentarse a disfrutar. El dueño del local, La Atlántica, nos recomienda dos cervezas locales, de los cerveceros Jakobsland. Increíble la Dumbstruck, un pale ale muy redonda y la Na Terra dos Xigantes, una IPA muy buena. Tras hablar un rato con él, nos recomienda otro local donde seguir bebiendo cerveza.

No obstante, aún nos falta algo muy importante por hacer antes de abandonarnos al aroma del lúpulo: una mariscada nos espera en la Rúa do Franco, la calle donde más restaurantes hay en Santiago. Mejillones, berberechos, almejas en salsa, zamburiñas y vieiras acompañan a cigalas, langostinos y buey de mar. En sabor ganan los bivalvos por goleada, si bien los langostinos están riquísimos, y acompañados de Ribeiro más.La mariscada, correcta, pero estos restaurantes que están destinados a cazar turístas, es lo que tienen.

Ahora sí, vamos al sitio que nos ha recomendado nuestro nuevo mejor amigo en Santiago, O Bandullo do Lambón, con 6 grifos de cerveza y varios frigoríficos para elegir entre una gran variedad. Con cada bebida te ponen una pequeña tapa mientras suena buena música. Elisa se pasó al vermú, que también estaba muy bueno. Un gran final para un gran día.

Amanece el sábado y nos vienen a buscar al hotel para ir a excursión que hemos contratado por las Rías Baixas, así que nos subimos a un microbús y nos dirigimos hacia la comarca de O Salnés. La primera parada, muy breve, es en el pequeño parque natural de A Barosa donde una cascada cae por un veta de granito. Lo siguiente es una visita a una bodega, donde nos cuentan cosas de los viñedos y de la fabricación del vino. El típico listillo que ya ha visitado antes otra bodega quiere ir por delante de la guía, pero simplemente queda en ridículo con algunos comentarios. Seguidamente nos ofrecen una degustación de tres de sus vinos, dos albariños jóvenes y uno envejecido durante 4 años en depósitos de acero. Buen vino, pero aún mejor el chupito de crema de orujo que nos dan a probar tras la pequeña cata que hemos hecho.

La siguiente parada es en la península de O Grove, donde podemos admirar la playa de A Lanzada y la isla de Ons a lo lejos. Llegamos finalmente a la isla de A Toxa, desde donde nos van a hacer una visita a la guía de Arousa en catamarán. Allí nos cuentan un poco las poblaciones de la ría y lo que se ve desde el barco, sirviéndonos sin descanso bandejas de mejillones al vapor y botellas de albariño. Mientras navegamos entre las bateas, un miembro de la tripulación se sube a una y nos enseña el cultivo de mejillón, vieira y zamburiña. Cuando llevamos ya cuatro bandejas de mejillones y dos botellas de vino, la visión de unos delfines saltando cerca del barco, quién sabe si fruto de la niebla de albariño que envuelve al mismo, hacen las delicias de todos los que vamos a bordo.

Tras este paseo nos subimos otra vez al bus para ir hasta Combarro, un pueblo en la ría de Pontevedra que destaca por sus hórreos, antiguos almacenes de grano, principalmente. Allí nos damos un paseo por la zona turística y el centro de la población, todo construido en piedra. El fin de la excursión se acerca y el autobús nos lleva de nuevo a Santiago donde, tras reponernos un poco, salimos a cenar.

Toca carne, y qué mejor que ternera gallega, para hacer caso al refrán español de “donde fueres, come lo que mugiere”, pero sobre todo por cuestiones médicas y de salud, pues como todo el mundo sabe desde que el gran Avicena lo descubrió, que el cuerpo está formado por dos humores, hecho éste confirmado después por Paracelso, y estos tienen que estar equilibrados. Por tanto, si te has pegado una jartá a comer de pescado y marisco (nunca mais semejante salvajada de engullir mejillones), la única forma de no enfermar ni causar daños irreparables al cuerpo es la ingesta masiva de carne, para que los humores vuelvan a su nivel normal de equilibrio. Un chuletón de 1 kg de ternera en El Papatorio ayudó a ello, aunque un poco más de carne tampoco nos habría importado tomar. Evidentemente, esa noche dormimos bien.

El domingo tomamos el tren hacia Pontevedra, muertos de envidia por la frecuencia y las posibilidades que ofrece el tren en tierras gallegas, muy al contrario que en nuestra Región de Murcia. En la oficina de información turística nos dan un plano con un recorrido que nos lleva por los puntos más interesantes del centro urbano, cómo no, también todo construido en piedra.

Recorremos varias plazas y calles y junto al mercado de abastos damos una vuelta por el rastro que allí montan los domingos por la mañana. El paseo nos lleva entre casas e iglesias, disfrutando de un día en el que ya empieza a calentar el sol. Acabamos en la Alameda, un alargado parque donde se sitúan los edificios de la provincialidad. El recorrido es casi todo exteriores, y más el domingo por la mañana, donde todos los pontevedreses están en las cafeterías tomando churros con chocolate o café. A mediodía hemos terminado el recorrido y buscamos algún lugar para comer y después para tomar un café. A esta altura de la tarde, el sol se encuentra tapado por un velo gris y el olor a pino quemado va llenando cada calle de la ciudad junto con ráfagas de aire caliente que traen hasta nosotros el aroma del horror de los incendios que devastan estas mágicas tierras.

Como aún queda un rato para coger el tren de vuelta, damos otro pequeño paseo por el centro y nos tomamos una cerveza en The Basset Beer Club, de estilo inglés, que tiene varios grifos de cerveza artesana. Finalmente volvemos por un sendero pegado al río hasta la estación para regresar a nuestro hotel. Vamos cansados y como no nos apetece mucho trote, optamos por bajar a la cercana hamburguesería, que aunque es franquicia, es gallega. Las hamburguesas de La Pepita están muy buenas y es un sitio muy recomendable si te gustan estas. Nos arrastramos hacia el hotel y antes de entrar notamos que hasta aquí llega el olor de los incendios de Vigo. Para mañana dan lluvia y deseamos que caiga un diluvio sobre Galicia que acabe con el fuego que empieza a adquirir un tono muy crítico debido a la magnitud de los incendios y las víctimas que empiezan a surgir debido a ese infierno desatado al sur de la provincia pontevedresa.

Para nuestra última mañana volvemos a salir de paseo y a pasar por la catedral. Vemos el museo de la misma, que además te da acceso al gran claustro. Desde ahí entramos a la iglesia, para volver a admirarla y observar que otra vez hay cola para abrazar al santo. Luego entramos al Hospital de los Reyes Católicos, convertido en Parador, en el que se pueden visitar los cuatro claustros que tiene en su interior. Una última parada en Moha Rúa Nova, anteriores propietarios de La Tita, a la que también fuimos para hacer una comparativa tortillil. Sin embargo, aquella mañana no nos supieron tan bien las tortillas, no sabemos si por tener que irnos, por lo que no disfrutamos de nuestras últimas tapas compostelanas.

Por desgracia tenemos que volver a tomar el autobús hasta el aeropuerto para poner fin a nuestro viaje. En el trayecto pasamos por el camino al Monte Do Gozo, última parada de los peregrinos que vienen a Santiago, por lo que contamos varias decenas de estos en apenas unos pocos minutos. Nosotros no hemos venido caminando, pero lo que sí es seguro es que nos llevamos un trozo de Galicia a casa, un poco de su misterio y un mucho de sus sabores. Repetiremos.

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