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El alquimista
Minúsculas y rojas esferas brillantes llenaban la habitación flotando en el aire. Se sentía exultante. Tras sus pequeñas gafas, sus ojos chisporroteaban como cargados de electricidad, como alimentados por una batería situada dentro de su cabeza que mandaba corrientes que iluminaban sus pupilas. Lo había logrado después de tanto tiempo, de tantos experimentos frustrantes y tantas desilusiones que habían conseguido que dudase de su empresa, que habían sembrado la incertidumbre en su corazón, y ésta había ido creciendo poco a poco, regándose con cada amargo fracaso, nutriéndose con cada maldito tropiezo. Pero esta vez no. Esta vez había dado con la fórmula. Y era sencilla. Realmente sencilla. Sin embargo, varios…