La Sierra de Baza está completamente nevada mientras quemamos combustible hacia la capital de la provincia malagueña. En el puerto de La Mora, antes de llegar a Granada el carril izquierdo acumula un poco de nieve y hielo, pero los quitanieves van arriba y abajo dejando la carretera en condiciones. 

Llegamos al hotel, que está justo en la ribera del río Guadalmedina, un pequeño caudal de agua en estos momentos pero que hay que cruzar para llegar al centro de la ciudad, cosa fácil pues en menos de 100 metros tenemos un puente y dos pasarelas peatonales, una de ellas el llamado Puente de los Alemanes, que nos dejan a 5 minutos de la Plaza de la Constitución.

Hay hambre a pesar de la merienda que nos hemos tomado hace un rato viniendo desde Murcia y nuestro té calentito mientras el paisaje blanco avanzaba, por lo que nos dirigimos hacia el centro, buscando la recomendación de un artículo de una revista de viajes y que resulta estar totalmente desactualizado, ya que el sitio está cerrado, por lo que vagamos un poco por las calles del centro y acabamos encontrando un sitio lleno de gente, La Farola de Orellana, y como hace buena noche nos sentamos en un barril en la calle que ha quedado libre en el momento justo, mientras la gente se agolpa dentro del bar y en la misma vía. Cerveza Victoria, papas a la Mala Leche, Tortita de camarones, flamenquín, champiñones rellenos de queso y alguna cosa más fuera de carta. Bueno y barato.  Es hora de dormir, que después de toda la mañana trabajando y la tarde viajando, hace falta descanso para disfrutar del fin de semana.

Un café y un croissant nos ayudan a ponernos en marcha al día siguiente. Corre el aire por las bonitas y estrechas calles del centro, que sin querer, o quizá queriendo, nos guían hasta la catedral sin planearlo.
El templo, construido en los estilos gótico y renacentista es bonito en sí. No tanto las capillas existentes en las naves laterales, pero la arquitectura, el coro y el altar mayor forman un bonito complejo que merece una visita. Nuestros pasos nos llevan ahora a la Alcazaba, que subimos siguiendo el sinuoso trazado de calles defensivas llenas de jardines en un paseo siempre subiendo pero nada cansado, disfrutando de las vistas y del sol y el ambiente de tranquilidad que hay a pesar de los turistas de un crucero. Un paseito por el Parque de Málaga y un poco de sol nos termina de abrir el apetito, así que buscamos donde tomarnos un plato de pescaíto frito, y elegimos un lugar en el que por desgracia no quedan taburetes para sentarse, y después de toda la mañana paseando, nos apetece silla, por lo que elegimos la segunda opción, que resulta ser decepcionante.  Luego un té y un trozo de pastel en una tetería, donde cualquier parecido del pastel de chocolate con el de la carta es pura coincidencia, claro que, examinando después la misma, se comprende todo al comprobar que en la sección de cachimbas pongan a una rubia muy blanca sonriente vestida con un traje en plan princesa árabe Disney, toda de rosa chicle, sentada como si se encontrase en un harén.

Tras el merecido descanso volvemos a patearnos las calles, en dirección hacia la plaza de la Merced y después al Museo Picasso, donde descubrimos las obras más representativas del mismo y nos quedamos con las ganas en la tienda de regalo, pues no tenían de recuerdo nada con la obra que más nos gustó de todo el recorrido. En Central Beers establecemos contacto con la cerveza artesana local, y luego continuamos de tiendas y dando vueltas por el centro. Esa misma tarde ha empezado el Carnaval, y por las plazas del centro y en cruces de calles se paran las comparsas a cantar las murgas, por lo que la tarde se hace amena hasta la hora de la cena, donde visitamos todo un clásico, El Pimpi.

Aquí tenéis completa la de los Antonio Banderas.

Como cantaban en una de estas murgas, el centro de Málaga es lo que queda alrededor de El Pimpi, que tiene un edificio con salida a varias calles, varios pisos de altura y varias salas y ambientes repartidos en un laberinto de pasillos y habitaciones. Nosotros conseguimos sitio en la barra, donde pudimos probar tapas típicas de la ciudad acompañadas de vermú de ese recién sacado de la barrica, fuerte, donde el sabor predominante es la madera, pero que vino muy bien para acompañar el chivo con tomate, el lomo con manteca colorá o el caldo de pintarroja. Para terminar la noche, el lugar elegido fue El Rincón del Cervecero, donde seguimos catando cervezas locales.

Para terminar el domingo, nos comimos unos churros con chocolate en Casa Aranda, que prácticamente copa todos los locales de la calle y sirve churros como... bueno, pues como churros. Merecen la pena, de los mejores que hemos comido. Un paseo al sol por el Muelle 1 lleno de tiendas y puestos hasta la Malagueta a sentarnos un rato, y finalmente de nuevo al centro a tomar el aperitivo, esta vez sí, en el sitio donde no pudimos hacerlo el día anterior. Todo un acierto sin duda, donde con un vermú nos tomamos un pincho de gambón, unos boquerones que estaban de vicio y calamares a la andaluza. Eso sí, ahí no acabó la comida pues teníamos fichado un sitio de hamburguesas gourmet, así que ni cortos ni perezosos (y tampoco muy hambrientos, vaya, ya casi era todo gula) nos pedimos un par de hamburguesas muy buenas en La Burguesita, precisamente junto al bar donde cenamos la primera noche, cerrando el círculo y acabando de muy buena manera el fin de semana.

Y debido a que se esperaban nevadas por la A-92, volvimos a Murcia por la A-7, con la casualidad de tener que repostar en Adra y que en la gasolinera vendiesen cerveza artesana para seguir probando. Málaga bien merece una visita.

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